Tendrán gran devoción a la recitación del Avemaría o Salutación Angélica, cuyo valor, mérito, excelencia y necesidad.

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La oración mariana más bonita es el SANTO ROSARIO,

que quiere decir  «CONJUNTO DE ROSAS»  que uno desea presentar cariñosamente a nuestra Madre del Cielo.

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Tuvo origen en el siglo XI,  cuando los analfabetos que no podían rezar  los 150 Salmos de la Biblia,  en su lugar comenzaron a rezar 150 Avemarías.

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Ya la conocida Lady Godiva de Couventry (+1080),  utilizaba una corona de piedras preciosas para contar sus oraciones,  siguiendo una costumbre muy difundida anteriormente en la India y en otras partes.  Sin embargo,  los más grandes apóstoles del Santo Rosario,  fueron  San Luis  María  de  Momfort  (1673-1716)  y,  anteriormente,  Alano de la Roche (1428-1475),  los dos de la región de Bretaña (Francia).  Hablando en el seminario de Espíritu   Santo   (París),  en dónde se formaban los futuros  Misioneros Mosfortianos (RM 12),  Monfort dijo:

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«No  existe pecador que me haya resistido,  cuando lo he cogido del cuello con mi Rosario»

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Y Santa Rosa de Lima constata con emoción:

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«Encierra el Rosario toda la dulzura,  todo el mérito de la oración mental,  y todo el mérito de la oración vocal».

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El Código de Derecho  canónico,  promulgado  en Pentecostés de 1917,  pide «que los Clérigos…  cada día… veneren a la Virgen Madre de Dios con el Rosario Mariano»  (Canon  125).

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Igualmente  Pablo VI (+1978) EL 29-4-1965  decía a los Obispos:

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«No dejen de recomendar con mucho cuidado la práctica del Santo Rosario».

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La decisión tajante del Fundador para los Misioneros  Momfortianos es:

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«Establezcan con todas sus fuerzas,  durante toda la Misión,  ya sea  con las lecturas de la mañana,  ya sea con las conferencias… la gran devoción del Rosario de todos los días.  Expliquen las oraciones y los misterios que lo componen,  ya sea con sus palabras,  ya sea con dibujos y estampas que tienen para este fin;  y les den el ejemplo rezando todos los días de la Misión,  en alta voz,  el Rosario entero,  en francés,  con el ofrecimiento de los misterios,  en tres momentos distintos:

es decir una Corona en la mañana…,  antes de la predicación;  

la segunda al medio día, antes del catecismo,  mientras los niños se reúnen;  

y la tercera por la noche,  antes de la última charla.

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Este es uno de los secretos más grandes,  venido del cielo para regar los corazones con el rocío celeste,  y hacerles producir el fruto de la palabra de Dios,  según lo experimentan todos los días»(RM 57).

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Por eso  en 1713 San Luis María de Momfort no quiso ir a predicar a Vallet (Nantes) porque en el pueblo se había dejado el Rosario,  cuyo rezo el Santo había instituido en la Misión de 1708;  y añadió:

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 «No se sacaría ningún provecho:  han dejado mi Rosario».  Al conocer la queja del Santo,  el pueblo volvió al Rosario (Ver Boussier,  La Voie Marial, pág. 333).  Cofradía de esclavos de amor,  Luis María de Momfort exigía que sus Misioneros inscribieran a todo el mundo en la Cofradía del Rosario,  y un Sacerdote que lo conoció dice del Santo:  «Creo que ha comprometido en esta devoción a más de cien mil personas» (en Besnard),

Sin hablar de León XIII (+1903) que escribió 12 enciclicas,  y otros 10 documentos menos importantes,  sobre la necesidad de decir el Rosario.

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También Pio IX (+1878)  exclamaba:  «Yo conquistaría el mundo,  si tuviera un ejército de católicos que digan el Rosario». 

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Y Pio XI (+1939)  confesaba al futuro Cardenal Richaud:  «Mientras el Papa no ha dicho el Rosario,  su jornada no termina».  El Santo dice también que «se debe añadir a cada Avemaía,  de cada decena,  una cláusula que nos hace acordar el misterio que se celebra en cada decena;  esa cláusula se debe añadir después de la palabra Jesús,  a mitad del Avemaría».

De eso habla también Pablo VI (MC 46),  al proponernos de «añadir al nombre de Jesús,  en cada ‘Dios te salve,  María’,  una cláusula que recordase el misterio anunciado»,

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Momfort  propone  para  los  correspondientes Misterios  Gozosos,  Dolorosos  y  Gloriosos,  las siguientes cláusulas (MR 8-14):

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Jesús encarnado, santificador,  recién nacido,  sacrificado,  Santo de los Santos,  agonizante,  coronado de espinas,  con la  Cruz a cuestas,  crucificado,  resucitado,  que sube al cielo,  que te llena de Espíritu  Santo , que te resucita,  que te corona.  A estas  se pueden añadir las siguientes cláusulas para los recientes  Misterios Luminosos:

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bautizado,  que convirtió el agua en vino,  que anunció el Reino de Dios,  que se transfiguró,  que instituyó la Eucaristía.

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Apenas conocen los cristianos,  aún los más instruidos.  Ha sido necesario que la Santísima Virgen se haya aparecido muchas veces a grandes y muy esclarecidos santos como Santo Domingo,  San Juan de Capistrano o el Beato Alano de la Rupe-  para manifestarles por si misma el valor del Avemaría.  Ellos escribieron libros enteros sobre las maravillas y eficacia de esta oración  para convertir las almas.

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Proclamaron a voces y predicaron públicamente que,  habiendo comenzado la salvación del mundo por el Avemaría,  a esta oración está vinculada también la salvación de cada uno en particular;  que esta oración hizo que la tierra y estéril produjese el fruto de la vida,  y que,  por tanto,  esta oración,  bien rezada,  hará germinar en nuestras almas la palabra de Dios y producir el fruto de Vida,  Jesucristo;  que el Avemaría es un rocío celestial que riega la tierra,  es decir el alma,   para hacerle producir fruto en tiempo oportuno,  y que un alma que no es regada por esta oración celestial no produce fruto,  sino malezas y espinas,  y está muy cerca de recibir la maldición.

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Esto es lo que la Santísima Virgen reveló al beato Alano de la Repe,  como se lee en su libro «La Dignidad del Rosario» y luego en Cartagena:   «Sabe,  hijo mío,  y hazlo conocer a todos,  que es señal probable y próxima  de condenación eterna el tener aversión,  tibieza y negligencia a la recitación de la Salutación Angélica,  que trajo la salvación a todo el mundo».  Palabras tan consoladoras y terribles a la vez,  tanto que nos resistiríamos a creerlas si no las garantizara la santidad de este santo varón y la de Santo Domingo antes que él,  y  después,  la de muchos grandes personajes,  junto con la experiencia de muchos siglos.  Pues siempre se ha observado que los que llevan la señal de la reprobación -como los herejes,  impíos,  orgullosos y mundanos-  odian y desprecian el Avemaría y el Rosario.

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Los herejes aprenden a rezar el Padrenuestro,  pero no el Avemaría ni el Rosario.  A éste lo consideran con horror.  Antes llevarían consigo una serpiente que un rosario.  Asimismo,  los orgullosos,  aunque católicos,  teniendo como tienen las mismas inclinaciones que su padre Lucifer,  desprecian o miran con indiferencia el Avemaría y consideran el Rosario como devoción de mujercillas,  sólo bueno para ignorantes y analfabetos.  Por el contrario,  la experiencia enseña que quienes manifiestan grandes señales de predestinación estiman y rezan con gusto y placer el Avemaría,  y cuanto más unidos viven a Dios,  más aprecian esta oración.  La Santísima Virgen lo decía al Beato Alano a continuación de las palabras antes citadas.

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No sé cómo ni porqué,  pero es real:  no tengo mejor secreto para conocer si una persona es de Dios,  que observar si gusta de rezar el Avemaría y el Rosario.  Digo «si gusta»  porque puede suceder que una persona esté natural o sobrenaturalmente imposibilitada de rezarlos,  pero siempre los estima y recomienda a otros.

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Recuerden, almas predestinadas,  esclavas de Jesús en María,  que el Avemaría es la más hermosa de todas las oraciones después del Padrenuestro.  El Avemaría es el más perfecto cumplido que pueden dirigir a María.  Es,  en efecto,  el saludo que el Altísimo le envió,  por medio de un Arcángel,  para conquistar su corazón,  y fue tan poderoso – dados sus secretos encantos-  sobre el corazón de María,  que, no obstante su profunda  humildad,  Ella  dio su consentimiento a la Encarnación del Verbo.  Con  este saludo  debidamente recitado,  también ustedes conquistarán infaliblemente su corazón.

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El Avemaría bien dicha, o sea, con atención,  devoción y modestia,  es -según los santos-  el enemigo del diablo,  a quien hace huir,   y el martillo que lo aplasta.

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Es la santificación del alma,  la alegría de los Ángeles,  la melodía de los predestinados,  el cántico del Nuevo Testamento,  el gozo de la Santísima Virgen y la gloria de la Santísima Trinidad.

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El Avemaría es un rocío celestial que hace fecunda al alma,  es un casto y amoroso beso que damos a María,  es una rosa encarnada que le presentamos,  es una copa de ambrosía y néctar divino que le damos. Todas estas comparaciones son de los santos.

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Les ruego,  pues,  con insistencia y por el amor  que les profeso en Jesús y María,  que no se contenten con rezar la Coronilla de la Santísima Virgen.  Recen también el Rosario,  y,  si tienen tiempo,  los veinte misterios todos los días.  A la hora de la muerte bendecirán el día y la hora en que aceptaron  mi consejo.  Y después de haber sembrado en las bendiciones de Jesús y de María,  cosecharán las bendiciones eternas.

 

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Fuente: Tratado de la Verdadera Devoción.