JESÚS SE DA EN COMUNIÓN

Jesús, bien mío,  beso tus hermosos ojos…

Te veo en esta hostia santa, con esos ojos amorosos en espera de todos aquellos que vienen a tu presencia,  para mirarlos con tus miradas de amor y para obtener la correspondencia de amor de sus miradas,  pero,  cuántos vienen a tu presencia y en vez de mirarte y buscarte a ti,  miran cosas que las distraen de ti y te privan del gusto del intercambio de miradas entre Tú y ellas… y Tú lloras.  Por  eso,  al besarte siento mis labios empapados por tus lágrimas.  Ah Jesús mío,  no llores.  Quiero poner mis ojos en los tuyos para compartir estas penas tuyas,  llorar contigo y darte reparación por las miradas frías y distraídas,  ofreciéndote mis miradas y manteniéndolas  frias siempre en ti.

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Jesús,  amor mío, beso tus santísimos oídos…

Ah,  te veo todo atento,  escuchando lo que quieren de ti las criaturas,  para consolarlas,  pero ellas,  por el contrario,  hacen llegar a tus oídos oraciones mal hechas,  llenas de recelos,  sin verdadera confianza;  oraciones,  en su mayor parte,  por rutina y sin vida…  Y tus oídos en esta hostia santa son más molestados que en la misma Pasión.  Oh Jesús mío,  quiero tomar todas las armonías del Cielo y ponerlas en tus oídos para repararte  por estas molestias;  quiero poner mis oídos en los tuyos,  no sólo para compartir estas  molestias sino para estar siempre atenta a lo que quieras,  a lo que sufres y darte inmediatamente mi acto de reparación y consolarte.

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Jesús,  vida mía,  beso tu santísimo rostro…

Lo veo sangrante,  lívido e hinchado.  Ah,  las criaturas vienen ante esta hostia santa y con sus posturas indecentes,  con sus conversaciones malas  que tienen ante ti,  en vez de darte honor,  te dan bofetadas y salivazos,  y Tú,  como en la Pasión,  con toda paz,  con toda paciencia los recibes y lo soportas todo…  Oh Jesús,  quiero poner mi rostro no sólo junto al tuyo,  para acariciarte y besarte cuando te dan esas bofetadas y limpiarte los salivazos,  sino  que quiero ponerlo en tu mismo rostro para compartir contigo estas penas;  y más aun,  quiero hacer de mi ser tantos diminutos pedacitos para ponerlos ante ti como otras tantas estatuas arrodilladas,  en continua genuflexión,   para repararte por tantos deshonores como te dan ante tu presencia.

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Jesús mío,  beso tu dulcísima boca…

Y veo que Tú,  al descender al corazón de las criaturas,  el primer sitio donde te apoyas es sobre la lengua y oh,  cómo quedas amargado al encontrar muchas lenguas mordaces,  impuras,  malas…

Ah,  te  sientes  como ahogar  por  esas  lenguas…   y  pero  aun  cuando  desciendes a los corazones.

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Oh Jesús, si me  fuera posible quisiera encontrarme en la boca de cada criatura para endulzartre por cada ofensa que recibes de ellas.

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Fatigado bien mío,  beso tu santísimo cuello…

Pero te veo cansado,  agotado y todo ocupado en tu quehacer   de  amor.   Dime  ¿qué  haces?…

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Y Jesús:   «Hija mía,  Yo,  en esta hostia trabajo desde la mañana hasta la noche,  formando continuas cadenas de amor,  a fin de que  al venir las almas a Mí,   encuentren  ya preparadas mis cadenas de amor para encadenarlas a mi corazón.  Pero,  ¿sabes  tú  lo  que  a cambio ellas  me  hacen?

Muchas toman a mal estas cadenas mías y se liberan de ellas por la fuerza y las rompen,   y como estas cadenas están atadas a mi corazón,   Yo me siento torturado y doy  en delirio…

Y mientras hacen pedazos  mis cadenas,   haciendo fracasar el trabajo que hago en el Sacramento,  buscan las cadenas de las criaturas y de los pecados…

y esto aun en mi presencia,   sirviéndose de Mí para lograr su intento.   Esto me da tanto dolor que me da una fiebre tan violenta que me hace desfallecer y delirar.»

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¡Cuanto te compadezco, oh Jesús mío!   Tu amor se ve en un extremo agobio…

Ah te ruego para consolarte por tu trabajo y para repararte cuando son despedazadas tus cadenas amorosas,   que encadenes mi corazón con todas estas cadenas para poder darte por  todos  mi correspondencia  de  amor.

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Jesús mío,  flechero divino,  beso tu pecho…

Y es tanto y tan grande el fuego que contiene que,  para dar un poco de desahogo  a  tus llamas,  que tan en alto se elevan,  Tú,  queriendo descansar  un poco en tu trabajo,   en el Sacramento quieres entretenerte también,  y tu entretenimiento es formar flechas,  dardos,  saetas,  para que cuando las almas vengan a ti,  Tú te entretengas con ellas haciendo salir de tu pecho tus flechas para herirlas,  y cuando las reciben,  forman tu fiesta y Tú formas tu entretenimiento.  Pero muchas,  oh Jesús,  te las rechazan,  enviándote a su vez ,  flechas de frialdad,  dardos de tibieza y saetas de ingratitud.  Y Tú te quedas tan afligido que lloras porque las criaturas te hacen fracasar en tus entretenimientos de amor.

Oh Jesús,  he aquí mi pecho,  dispuesto a recibir no sólo las flechas preparadas para mí,  sino también todas las que las demás rechazan…

Así no volverás ya a fracasar en tus entretenimientos,  y por correspondencia quiero darte reparación por las frialdades,  por las tibiezas  y por las ingratitudes que recibes.

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Oh  Jesús,  beso  tu  mano  izquierda…

Y  quiero reparar por todos los tocamientos ilícitos y no santos hechos en tu presencia y te ruego que con esta mano me tengas siempre estrechada a tu corazón.

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Oh Jesús,  beso tu mano derecha…

Y  quiero  prepararte  por  todos  los  sacrilegios,   en particular por las misas celebradas malamente…

¡Cuántas veces,  amor mío,  te ves forzado a descender del Cielo a las manos del Sacerdote,   que en virtud de su potestad te llama,  y encuentras esas manos llenas de fango,   que chorrean inmundicia,   y Tú aunque sientes náuseas de esas manos,   te ves obligado por tu amor a permanecer en ellas!  Es más,   en algunos Sacerdotes es peor,   en ellos encuentras a los sacerdotes aquellos de tu Pasión,   que con sus enormes delitos y sacrilegios renuevan el deicidio…

Jesús mío,  es espantoso pensarlo:  otra vez  te encuentras,  como en la Pasión,  en esas manos indignas,  como un corderito,  aguardando de nuevo la muerte.

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¡Ah  Jesús,  cuánto sufres!   ¡Cómo quisieras una mano amorosa para librarte de esas manos sanguinarias! ¡Ah,  cuando te encuentras en esas manos,  te ruego que hagas que me encuentre presente también yo para darte mi reparación!  Quiero cubrirte con la pureza de los ángeles y  perfumarte con sus virtudes para neutralizar el hedor  de esas manos,  y darte mi corazón como consuelo y refugio.    Y mientras estés en mí,   yo te recogeré  por los Sacerdotes,   para que sean dignos ministros tuyos,   y así no pongan en peligro tu vida sacramental.

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Oh  Jesús,   beso  tu  pie  izquierdo…

Y  quiero  repararte  por quienes  te  reciben  por  rutina  y  sin  las  debidas  disposiciones.

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Oh  Jesús,   beso  tu  pie  derecho…

Y quiero  repararte por aquellos que te reciben para ultrajarte.  Cuando eso se atreven a hacer,   ah,   te ruego que renueves el milagro que hiciste cuando Longinos  te atravesó el corazón con la lanza,   que al fluir de aquella sangre que brotó,   abriéndole  los  ojos,  lo convertiste  y  lo  sanaste; que  así,   al  contacto  tuyo  sacramental,   conviertas  esas  ofrendas  en  amor.

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Oh  Jesús,    beso  tu  Corazón,   el lugar donde se concentran todas las ofensas…

Y quiero darte mi reparación de todos y por todos,   quiero corresponderte con amor,  y  en unión  siempre contigo,   compartir tus penas.  Ah te suplico que si olvido repararte por alguna ofensa,   me hagas prisionera en tu Corazón y en tu Voluntad para que nada se me escape…

A nuestra dulce Mamá suplicaré que me haga atenta,   y en unión con Ella te repararemos por todo y por todos,  juntas te besaremos y haciéndonos tu defensa,   alejaremos de ti las olas de amarguras que por desgracia recibes de las criaturas.

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Ah Jesús,   recuerda que yo también soy una pobre encarcelada*,   si bien es cierto que tus cárceles  son mucho más estrechas,  como lo es el breve espacio de una hostia.   Así pues,   encierrame en tu Corazón,   y con las cadenas de tu amor no sólo apriciónarme sino  ata  a  ti  uno por uno mis pensamientos,  mis afectos,   mis deseos, inmovilizarme las manos y los pies,   encadenándolos a tu Corazón para no tener otras manos y pies que los tuyos,   de manera que,  amor mío,   mi cárcel sea tu Corazón;  mis cadenas,   el amor,   las rejas que me impidan absolutamente salir,   tu Voluntad Santísima;  y sus llamas de amor serán  mi alimento,   mi respiración,   mi todo…   Así que ya no veré otra cosa sino llamas,   y no tocaré  sino fuego,   que me dará muerte y vida,   como Tú lo sufres en la hostia,   y así te daré mi vida.   Y mientras yo quedo prisionera en ti,   Tú quedarás libre en mí.

¿No ha sido este tu propósito al encarcelarte en la hostia:   Ser desencarcelado por las almas que te reciben,   recibiendo vida en ellas?  Así  pues,   bendícime como señal de tu amor y dame un beso,   y yo te abrazaré  y  me  quedaré  en ti.

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Pero veo,  oh dulce Corazón mío,   que después de que has instituido el Santísimo Sacramento  y  de que  has  visto la enorme ingratitud y las innumerables ofensas de las criaturas ante tantos excesos de amor tuyos,   aunque quedas herido y amargado,   sin embargo no te haces para atrás,   al contrario,   en la inmensidad de tu amor quisieras ahogarlo todo…

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Te veo,   oh Jesús,   que te das en comunión a tus Apóstoles,   y después agregas que eso que has hecho Tú,   lo deben  hacer  también ellos,   dándoles  así  el  poder  de  consagrar.  De esta manera los ordenas Sacerdotes e instituyes  este otro Sacramento.   Y así lo reparas todo las predicaciones mal hechas,  los  Sacramentos administrados  y  recibidos  sin  disposiciones  y  que quedan,   por lo  tanto,   sin sus  efectos  buenos;   las vocaciones equivocadas de algunos Sacerdotes,   tanto por parte de ellos como parte de quienes los ordenan,   no usando todos los medios para conocer las verdaderas vocaciones…

Ah Jesús,  nada se te olvida…  Y yo,  quiero seguirte y repararte  por todas estas faltas y ofensas.

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Y después de que has dispuesto y hecho todo esto,  en compañía de tus apóstoles te encaminas al Huerto de Getsemaní  para  continuar  tu dolorosa Pasión.   Y yo en todo te seguiré para hacerte fiel compañero…

 

*Lo dice Luisa,  que vivió 64 años prisionera en su cama,  en calidad de Víctima con Jesús.

 

Fuente: Las Horas de la Pasión por Luisa Picarreta