MARÍA DE GUADALUPE EN EL TEPEYAC

10 diciembre, 2011

EL POEMA DEL TEPEYAC

 La Gran Promesa

  

LOS SIGLOS NO HAN PODIDO APAGAR EL ECO DE UNA PALABRA DE AMOR Y DE ESPERANZA que resonó en el Tepeyac, Las generaciones la han trasmitido a las generaciones como una herencia  de nuestros mayores,  como una gloria purísima de nuestra raza.  Esa palabra que no deberíamos olvidar nunca los mexicanos es la gran promesa que a todos nos hizo María de Guadalupe en la persona del sencillo y piadoso Juan Diego.


ES MI DESEO QUE SE ME LABRE UN TEMPLO EN ESTE SITIO DONDE,  COMO MADRE
PIADOSA TUYA Y DE TUS SEMEJANTES,  MOSTRARÉ MI CLEMENCIA AMOROSA Y LA
COMPASIÓN QUE TENGO DE LOS NATURALES Y DE AQUELLOS QUE ME AMAN Y ME
BUSCAN Y DE TODOS LOS QUE SOLICITAREN MI AMPARO Y ME LLAMAREN EN SUS
TRABAJOS Y AFLICCIONES,   Y DONDE OIRÉ SUS LÁGRIMAS Y RUEGOS PARA
DARLES CONSUELO Y ALIVIO.

 

 ¡Cada palabra es un tesoro!  ¡cada palabra contiene una esperanza!

Como Madre piadosa tuya y de tus semejantes:  estas palabras encierran
el misterio de nuestra predilección:

¡María es nuestra Madre!  ¡María es Madre singularmente amorosa de los
mexicanos!

 Sobre la cumbre gloriosa del Calvario,  María recibió como legado
celestial de su Hijo  a la humanidad entera.  Allí se consumó el amor
de María hacia todos los hombres y el misterio de esa maternidad que
nos hace a todos hijos de la Madre de Dios.

Unidos íntimamente a Cristo,  formando su Cuerpo místico y
vivificados por su espíritu,  teníamos que ser hijos de María,  como
Cristo lo fue.

No hay en la Virgen ni dos maternidades ni dos amores:

Es Nuestra Madre porque lo fue  de  Cristo,  

Y –¡Oh dulce pensamiento!– nos ama con el mismo amor,

con el mismo incomprensible amor con que amó a su Hijo.

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El cristianismo no sería tan armonioso ni tan bello,  si junto a la divina figura de Cristo no apareciera la dulce, la tierna,  la celestial figura de María…

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Mas las predilecciones son propias del amor;  hasta Dios, que ama a todos los hombres con un amor único e infinito,  no a todos los ama por igual,  tiene sus predilecciones.

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Los mejicanos somos predilectos de María,  en su inmenso corazón maternal donde todos los corazones caben,  ocupamos nosotros un lugar de predilección y de ternura.

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Los mexicanos somos los predilectos de María.  

¿Por qué?  Quizá por más miserables,  quizá por más desdichados —

¡Quiensabe!   –el corazón tiene razones que la inteligencia no comprende,  y sobre todo,  no hay que buscar las razones del mor fuera del amor mismo;  el amor de María es como el de Dios,  no busca el bien ni la hermosura ni la grandeza,  sino que produce todas estas cosas en el objeto amado.

María nos ama con predilección,  y alguna vez  nos hará buenos y grandes y felices.

 Todas las demás  palabras de  la  gran promesa  son las consecuencias de este principio,  el magnífico desarrollo de este germen,  los efectos maravillosos de esta predilección.

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¡Ha,  sí!   Nuestra Madre presentía nuestros dolores y miraba en el porvenir nuestras lágrimas;  por eso nos habla de clemencia y compasión;  por eso nos asegura que  OIRÁ NUESTRAS LÁGRIMAS Y RUEGOS PARA DARLES CONSUELO Y ALIVIO.

¡Qué dulce  es sufrir cuando se sabe que una Madre se compadece de nosotros  desde el cielo!

¡Qué dulce es llorar cuando tenemos  la íntima convicción de que hay un corazón maternal que siente nuestras lágrimas y una mano de Virgen que tarde o temprano las habrá de enjugar!

¡Bien vale la pena de sufrir por tener ese consuelo incomparable!

 Sin duda que María de Guadalupe  hubiera podido ahorrar muchos dolores y muchas lágrimas a sus hijos predilectos;  mas no lo ha hecho,  por la misma razón que Cristo no ahuyentó de la tierra el dolor,  a pesar de lo mucho  que nos ha amado. El dolor es en la tierra luz,  pureza y amor,  destruir el dolor es prescindir de estas divinas realidades;  por eso Cristo nos dejó el dolor,  pero le comunicó maravillosa fecundidad,  puso en él la salud,  la vida y la esperanza.

María de Guadalupe ha permitido nuestros dolores,  porque sabe que el dolor purifica y engrandece lo mismo a las Naciones que a las almas.  Nos ha dejado el dolor,  pero Ella es nuestro consuelo.  ¡Bendita sea!

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Grande es la promesa de la Virgen de Guadalupe,  es un piélago de ternura y de esperanza;  pero nosotros la hemos quizá frustrado hasta ahora por nuestro olvido y nuestra infidelidad.
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Por nuestro olvido,  ¡sí!  Esa promesa debía sernos familiar:  los niños debían aprenderla en el regazo de su madre,  y esas palabras amorosísimas de María deberían ser las primeras que pronunciaran los labios mexicanos; todos deberíamos llevar grabada esa promesa en nuestra memoria y en nuestro corazón para que fuera nuestra fortaleza en la debilidad,  nuestro consuelo en la tribulación,  nuestro gozo en la alegría,  nuestra confianza en la vida y nuestra paz en la muerte.
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María de Guadalupe debería ser para los mexicanos lo que era Jerusalén  para los Israelitas,  el centro de sus pensamientos,  de sus afectos y de su vida;  como ellos deberíamos repetir con la sinceridad y el amor de nuestra alma:  ¡Péguese nuestra lengua al paladar,  si de Ti nos olvidáramos,  si no te pusiéramos constantemente en el principio de nuestras alegrías!
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Pero  no es así,  mos olvidamos de María;  ni conocemos,  ni saboreamos su gran promesa.  ¡Somos ingratos!
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A nuestro olvido se añade nuestra infidelidad:  Mostraré, nos dice María de Guadalupe, mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los naturales y de aquellos que me aman  y me buscan y de todos los que soliciten mi amparo y me llamaren en sus trabajos y aflicciones.
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Y   ¿quién había de creerlo?  Son muy pocos los que la aman y la buscan y solicitan su amparo y la llaman en sus trabajos.
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El día en que los mexicanos seamos fieles al amor singular de la Virgen de Guadalupe,  el día en que esta Reina incomparable sea conocida y venerada y amada en nuestra patria,  María cumplirá plenamente su promesa.  Entonces sabrán las naciones lo que significa ser predilecto de María y lo que hace la Madre de Dios con los pueblos que ha elegido por suyos;  entonces comprenderán los siglos el profundo sentido de aquellas palabras que nos aplicó un gran Pontífice:
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¡No ha hecho cosa semejante con otra nación!

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Fuente:  María de Guadalupe por Luis María Martínez

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