Jueves Santo la Institución de la Eucaristía

4 abril, 2011

La  Cena  Legal

Oh Jesús,  ya llegas al Cenáculo con tus amados discipulos y te pones a la mesa con ellos. Qué dulzúra, qué afabilidad muestras en toda tu Persona al abajarte a tomar por última vez el alimento material.  Aquí todo es amor en ti,  y también es esto no sólo reparas por los pecados de gula sino que nos obtienes también la santificación del alimento;  Y  de igual modo que éste se convierte en fuerza,  así nos obtienes la santidad hasta en las cosas más bajas y más corrientes.

Jesús,  vida mía,  tu mirada dulce y penetrante parece escrutar a todos los Apóstoles; y aun en ese acto de tomar el alimento,  tu corazón queda traspasado viendo a tus amados Apóstoles débiles y vacilantes todavía,  sobre todo el pérfido Judas el fondo de tu corazón amargamente dices:  “¿Cuál es la utilidad de mí Sangre?  ¡He ahí un alma, tan beneficiada por Mí:  está pedida!”  Y con tus ojos resplandecientes de luz lo miras,  como queriendo hacerle comprender el gran mal cometido.  Pero tu suprema caridad te hace soportar este dolor y no lo manifiestas ni siquiera a tus otros amados Apóstoles…  Y mientras sufres por Judas,  tu corazón querría llenarse de alegría viendo a tu izquierda a tu amada discípulo Juan,  tanto  que,  no pudiendo contener más el   amor,  atrayéndolo   dulcemente  a ti le haces apoyar su cabeza sobre tu corazón,  haciéndole probar el Paraíso por adelantado.  Es en esta hora solemne cuando en los discípulos son representados  dos pueblos,  el réprobo y el elegido.  El réprobo en Judas,  que ya siente el infierno en el corazón,  Y el elegido en Juan,  que en tí reposa y goza.

Oh dulce Bien mío,  también yo me pongo a tu lado y junto con tu discípulo amado quiero apoyar mi cabeza cansada sobre tu corazón adorable y rogante que a mí también me hagas sentir sobre esta tierra las delicias del Cielo,   y así la tierra ya no sea más tierra para mí sino Cielo,  raptada por las dulces armonías de tu corazón…  Pero en esas armonías dulcísimas y divinas  diento que se te escapan dolorosos latidos:  ¡Son por las almas que se perderán!  Haz que tu palpitar corriendo en el suyo les hagas sentir los latidos de la vida del Cielo como lo siente tu amado discípulo Juan y que atraídas por la suavidad y la dulzura de tu amor puedan rendirse todas a ti.

Oh Jesús, mientras me quedo en tu corazón dame también a mí el alimento como se lo diste a los Apóstoles:  El  alimento  de  la  Divina  Voluntad,  el  alimento  del  amor,  el  alimento  de  la  Palabra  divina.   Y  jamás,  oh  Jesús  mío,  me  niegues  este  alimento  que  tanto  deseas  Tú  darme,  de modo  que  forme  en mí,   tu  misma  vida.

Dulce  Bien mío,  mientras  me  estoy  a  tu  lado  veo que el  alimento  que  tomas  con  tus  amados  discípulos no  es  sino  un  cordero.  Es  el  cordero  que te  representa,  y  como  en  este  cordero  no  queda  ningún  humor  vital  por  la  acción  del fuego,  así  Tú,  místico  cordero,  que  por  las  criaturas  debes  consumirte  todo  por  fuerza  de  amor,     ni  siquiera  una  gota  de  tu  sangre  conservarás  para ti,   derramándola  toda  por  amor  a  nosotros.   Nada  haces  Tú  que no represente  a  lo  vivo  tu  dolorosísima  Pasión,   la  que  tienes  siempre  en  la  mente,   en  el  corazón,  en  todo,  y  así  me  enseñas  que  si  yo  tuviera  también  siempre  en  la  mente  y  en  el  corazón  el  pensamiento  de  tu  Pasión,  jamás  me  negarías  el  alimento  de  tu  amor.

¡ Cuánto   te  doy  las  gracias,  oh  Jesús  mío!  Ningún  acto  se te  pasa  en  que  no  me  tengas  presente  y  con  el  que  no pretendas  hacerme  un  bien  especial,  por  eso  te  ruego  que  tu  Pasión  esté  siempre  en  mi  mente,  en  mi  corazón,  en  mis  mirada,  en  mis  pasos,  en  mis obras,  a fin  de  que  a  donde  quiera  que  me  dirija,  dentro  y  fuera  de  mí,  te  encuentre  siempre  presente  para  mí,  y  dame  la  gracia  de  que  no  olvide  jamás  lo  que  tú  sufriste  y  padeciste  por  mí.  Esto  sea  para  mí  como  un  imán  que  atrayendo  todo  mi  ser  a  ti,  haga  que  no  pueda  nunca  jamás  alejarme  de  ti.

 

Fuente: Las Horas  de la Pasión:  Luisa Picarreta

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