Jueves Santo

3 abril, 2011

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo Me entregué a los hombres y ellos hicieron de Mí lo que quisieron.  Esto lo hice por Amor.  Ahora Me les entrego en la Eucaristía.  Y una vez más,  ellos hacen de Mí lo que quieren…  Y  esto  también  lo  hago  por  Amor. Hasta  la  consumación  de  los  tiempos.

En la Eucaristía considera la altura:  Excelencia del Don;   Su  profundidad:  Dios mismo;  la anchura:  Dios   para todos en  Mi  Eucaristía;   y atrae las  almas  hacia  Ella.   La  Eucaristía  es  el  Regalo  del  cielo;  nada  fuera  de  Ella  es  precioso  en  este  mundo.  La  Hostia  no está  en   el cielo;  por  eso,  para  adorar la gran  maravilla  de  Cristo,  los  Ángeles  tienen  que  bajar  a  la  tierra. ¿Y tú?   ¿No  te  resulta  bastante  fácil  venir  adorar  en   Ellos ?

La  soledad del Huerto de los Olivos, es similar a la soledad de los Templos en que se guarda Mi Eucaristía,  la soledad  en que  me  dejan  los  fieles  que Me olvidan inmediatamente después de Comulgar.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Deseo  que  venga  a  consolarme  el  pensamiento  cálido  y  fiel  de  Mis  amigos.  Yo,  en  cambio,  los  consolaré  cuando  se  duerman  para  el  tránsito  a  la  otra  vida. Extraña  cosa,  ¿no es verdad?  ¡Que una simple creatura pueda consolar a su Dios!  Y  sin  embargo,  es  así.  Mi  Amor invierte los papeles,  proveyéndolos como  de  un medio nuevo,  como una especie de protección que Me pueden prestar;  tanta así es la necesidad que Yo tengo de recibir todas sus maneras de amar,  todas  las formas que puede tomar la ternura de ustedes.

Ustedes no pueden concebir los ardores del fuego en que Me quemo. Compréndelo:  necesito  desahogar Mi  Corazón,  para que se sepa;  para que se conozca un poco a este Amigo desconocido que está tan cerca,  tan cerca de ustedes.  ¡Mis pobres pequeños!…

Sé una hostia que cante. Es hostia todo lo que se ofrece.  Cuando tú te ofreces para agradar a Dios,  eres hostia, eucaristía,  acción de gracias.  Escóndeme en tu corazón,  como si quisieras librarme de heridas y de injurias.  Porque las recibo,  especialmente en Mi Sacramento de la Eucaristía. Y ahí,  agradéceme,  consuélame,  adórame,  cuéntame tus cosas.  Sé pequeña;  pues mientras más lo seas,  más te habitaré el Amor de tu gran Amigo.  ¿Quieres que vivamos juntos?  te lo pregunto porque necesito que Me des tu permiso.  Ve cómo los respeto y cómo espero sus invitaciones.  Así es el Amor de tu Dios.

Al instituir la Eucaristía,  Yo vi todas  todas las comuniones del Mundo.  Vi las tuyas,  las de ayer,  la de hoy,  Aplicate a recibirlas con amor y a agradecérmelas con amor.  Puesto que Yo Me doy todo entero,  date tú también toda entera,  sin la menor idea de renovarte nada.

¿ Y Qué piensas de  Mi “Invento”  de  la  Eucaristía? Esta presencia continua en medio de ustedes… ¿no merece que venga a contarme con una tierna apertura del corazón todo los que les preocupa?  Tú ciertamente compadecerías a un amigo que nunca recibe confidencias,  a un padre cariñoso a quien nunca le piden sus hijos un consejo.  Y  aquí entro Yo,  tu Jesús, tu Cristo. ¿Hallarías aceptable el que Yo quedara como descartado de la vida de ustedes,  como olvidado en los cruces de sus caminos en el Mundo?  Y o tengo en Mi Mano hasta la circulación de la sangre en tus venas;  hazme el honor de creerlo así,  de darme las gracias y de nunca tomar un camino sin consultarme.

¿Has considerado alguna vez lo que tuvo que ser el peso del Amor que Me llevó a la Institución de la Eucaristía, este  acuerdo perfecto entre lo interior y lo exterior?  Yo ardía por ser de ustedes y quedar en su posesión hasta el fin de los tiempos; por ser conocido como cosa suya,  cosa que se toma,  se come y se bebe;  por estar encerrado en una Iglesia,  para aguardarlos allí,  escucharlos,  consolarlos,  en la más íntima de las uniones posibles.

No  Me  amarán ustedes un poquito más por esto? O  ¿qué lenguaje debo usar para hacerme comprender?   Si tu Fe es demasiado débil para encontrar palabras encendidas,  pídeme  que  Yo Me hable a Mí mismo en ti. Pon tu alma entre mis Dedos  Como un arpa tensa y bien afinada;  Yo sacaré de ahí sonidos admirables,  cuya armonía asombrará al Cielo y a la Tierra.

Cuando el alma entrevé que junto con el Poder tengo Yo la Voluntad de un Amigo que quiere embellecer a Su amiga,  ya no tendrá el temor de abusar,  ni de propasarse en audacia ante su Dio; sino que, sintiéndose pequeña comprenderá la Alegría que  Dios tiene de ser grande para ella. ¡ Cuántas veces, en Mi  Tabernáculo,  he tenido las Manos llenas de Dones,  pero nadie ha venido por Ellos! Y sin embargo algunos habían entrado en la Iglesia para una corta visita,  distraída,  lejana,  como si Mi Cuerpo estuviera muerto en la Eucaristía y Mi alma allá arriba,  en el cielo… Esfuércense por pensar en la realidad de Mi Presencia Eucarística:  sólo así podrán amarme.

Fuente:  El y Yo de Gabriela Bossis

visita de amor a

JESÚS SACRAMENTADO

Santa Margarita Ma. de Alacoque

¡Oh Señor nuestro Sacramentado! Míranos aquí en tu adorable

Presencia.  Venimos a bendecirte y alabarte en unión de los

Ángeles que invisiblemente rodean esa Hostia Divina.

Venimos a consagrarte esta Hora Santa,  gozándonos de estar aquí,

a gustar de tu Companía y a conversar Contigo,

que tienes Palabras de Vida Eterna.

 

Si, Dios nuestro, Quisiéramos contemplarte a través de esa Hostisa

Santa con el tiernísimo afecto con que Te miraba tu Madre:

con aquella devoción con que Te seguían tus discípulos,  y muy

singularmente el Discípulo Amado,  cuando la noche de la Cena

reclinó su cabeza sobre tu ardiente Corazón.

Nos sentimos felices de hallarnos junto a Tí, y queremos

aprovechar todos los momentos de esta Hora Santa para

hacerte compañía,  que tu Presencia nos hace tan agradables.

Concédenos, oh Jesús, no dormirnos, como se durmieron tus apóstoles

la noche tristísima de tu agonía en el Huerto  de los Olivos.

Míranos, Señor, somos tus hijos, a quienes tantas veces has

alimentado con tu mismo Cuerpo y Sangre.

¡Señor!  Vuelve hacia nosotros tus Ojos Misericordiosos;

pon  en nuestros pensamientos un ráfaga de la luz de tu Rostro,

y en nuestros corazones una centellita siquiera del Fuego que abrasa

tu dulcísimo Corazón.  Concédenos, oh Jesús, sentir hondamente la verdad

de aquellas palabras de David: “es mejor una hora en tu Casa,

que mil años en compañía de los pecadores”.

 

ACTO DE REPARACIÓN:

Divino Salvador de las almas: cubiertos de confusión

nuestros rostros nos arrodillamos en tu soberana Presencia,

dirigiendo una mirada al solitario Tabernáculo, donde permaneces

cautivo de amor, nuestros corazones se

conmueven al contemplar la sociedad y olvido

en que te tienen tus criaturas.

¡Habrás derramado inútilmente tu Sangre bendita?

¿Será inútil tanto Amor?  Pero ya que nos has permitido unir

nuestras reparaciones a las Tuyas,  y acompañarte en tu Sacramento,

donde Tú,  que eres el Sol del mundo,  irradias silenciosamente sobre

nosotros a todas las horas la Luz de la Verdad,  el calor del

Amor Divino,  la belleza de lo sobrenatural y la fecundidad

generosa de todo bien; ya que te has dignado escogernos

de entre todos los hombres para gozar de tu Compañía

y Amistad,  permítenos por los que no te bendicen

o blasfeman de Tí, oh pacientísimo Señor Jesús, adorarte

por todos aquellos que te tienen olvidado, e implorar para ellos

de la infinita Misericordia de tu Corazón indulgencia para

sus olvidos y para sus crímenes.


¡Oh Jesús Por nuestros pecados, los de nuestros

padres, hermanos y amigos, y por los del mundo, entero:

Perdón,  Señor,  perdón.

Por las infidelidades y sacrilegios,

por los odios y rencores:

Perdón, Señor, perdón.

Por las blasfemias;  por la profanación de los días santos:

Perdón, Señor, perdón.

Por las impurezas y escándalos:

Perdón Señor, Perdón.

Por los hurtos e injurias, por las debilidades

y respetos humanos:

Perdón, Señor, Perdón.

Por las desobediencias a la Santa Iglesia:

Perdón,  Señor, perdón.

Por los crímenes de los esposos,

las negligencias de los padres y las faltas de los hijos:

Perdón,  Señor, perdón.

Por los atentados contra el Romano Pontífice:

Perdón,  Señor, perdón.

Por las persecuciones levantadas contra los

obispos,  sacerdotes,  religiosos y sagradas vírgenes.

Perdón,  Señor,  perdón.

Por los insultos a tus imágenes,  profanación de los

templos,  abuso de los Sacramentos y ultrajes al

Augusto Tabernáculo:

Perdón,  Señor,  perdón.

Por los crímenes de la prensa impía y blasfema,

y  por las horrendas  maquinaciones de las sectas

tenebrosas:

Perdón,  Señor,  perdón

Por los justos  que vacilan,  por los pecadores que

resisten a la Gracia,  y p0r todos los que sufren:

¡Piedad, Señor, piedad!

¡Perdón, Señor, y piedad por el más necesitado

de tu Gracia;  que la Luz de tus Divinos Ojos no se

aparte jamás de nosotros; encadena a la puerta del

Tabernáculo  nuestros inconstantes corazones;

danos a sentir algo del Calor Divino de tu Pecho,

y que nuestras almas se derritan de amor y arrepentimiento.

Amén.

 

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