Para vivir amando y sufrir amando.

25 marzo, 2011

 

Sufre amando a tu Dios con todas tus fuerzas.

 

Haz precioso cada instante de tu dolorosa existencia mediante un acto perfecto de amor a Él.

Tal acto es la acción más excelente que puede realizarse en el cielo y en la tierra.

Es el medio más poderoso y eficaz para llegar pronto y fácilmente a la más íntima unión con el Señor,  a la más alta santidad,  a la más intensa paz del alma.

Un acto de amor perfecto realiza inmediatamente el misterio de la unión del alma con Dios.

Y  si el alma fuese culpable de las culpas más graves, por este acto adquiere inmediatamente la gracia,  con la condición de confesarse.

Este acto purifica el alma de los pecados  veniales,  de las imperfecciones;  concede el perdón de la culpa y condena la pena de cualesquiera pecados y devuelve lo méritos perdidos.

Es el medio más eficaz  para convertir a los pecadores,  para salvar a los moribundos,  para levantar el ánimo de los afligidos,  para ayudar a los sacerdotes,  para ser útiles a las almas y a la Iglesia.

 

El más pequeño acto de amor llega,  como bendición y gracia,  hasta el salvaje, hasta el último hombre,  el  más  lejano  y  perdido.

Dice San Juan de la Cruz que tiene más eficacia,  más mérito,  más importancia que todas las buenas obras juntas.

  • Es   facilísimo hacer  un  acto de  amor  de  Dios.

Se puede hacer en todo instante,  en cualquier circunstancia,  en medio del trabajo,  en medio de la multitud humana,  en cualquier ambiente,  en un instante de tiempo.

Dios está siempre presente,  a la escucha  esperando afectuosa mente  recoger del corazón de su criatura esta sencilla  manifestación de amor.

Desea solamente que el alma que hace su ofrenda de amor tenga  un momento de  atención  para  Él.

Este acto no exige esfuerzo ni inteligencia;  no interrumpe la actividad,  no quiere fórmulas especiales.

No  es  un  acto  del  sentimiento;  es un acto de la voluntad,  infinitamente elevado por  encima  de  la  sensibilidad  e  imperceptible  a  los  sentidos.

  • Basta que el alma diga:   “Dios  mio,  te  amo”.

En el dolor,  sufriendo con paz y con paciencia,  el alma manifiesta su acto de amor de esta manera:

“PORQUE  TE  AMO,  DIOS  MÍO,  SUFRO TODO POR TÍ”.

En la soledad,  en el aislamiento,  en la humillación,  en la desolación:  “Gracias.  Dios mío, soy semejante a Jesús y me basta con amarte”:

En  las faltas,  aún en las importantes:  Dios mío,  soy  débil,  perdoname;  me refugio en Tí, porque te amo mucho”.

El acto de amor de Dios se puede hacer de mil maneras,  pero especialmente con la voluntad,  que nos dispone a cumplir la voluntad de Dios dondequiera que se presente y nos sea manifestada.

Se hace la voluntad de Dios cuando se cumple cada uno de los más pequeños deberes,  cuando se sufre cada una de las penas pequeñas,  cuando se goza de cada alegría por su amor.

Decía un santo que más vale recoger del suelo un alfiler por amor de Dios que llevar a cabo actos espectaculares,  aunque sean buenos,  por otros fines.

Una pobre alma,  ignorada del mundo,  puede hacer cada día hasta diez mil actos de amor de Dios… si susurra diez mil veces, aunque sólo sea con el pensamiento,  su “Dios mío, te amo”.

  • Santo no es el que hace milagros,  el que tiene éxtasis,  sino el que hace mas actos de amor de Dios a lo largo del día.
  • Santo no es el que jamás comete pecados,  sino el que, si llega a pecar por debilidad,  se levanta inmediatamente y encuentra en su misma fragilidad un nuevo motivo  para amar más a Dios y para abandonarse más perfectamente en sus divinos brazos.
  • Santo no es el que realiza obras portentosas que deslumbran a los hombres,  sino el que dice con más amor: “Dios mío,  te amo y por tu amor quiero florecer donde Tú me has sembrado”.

El alma más sencilla y humilde,  cualesquiera sean su condición y su pasado,  que haga más actos de amor de Dios, es más útil a las almas y a la Iglesia que la de aquel que lleva a cabo obras grandiosas con menos amor.

Amigo que sufres,  este programa es maravilloso.

Cada instante,  cada lágrima,  cada punzada,  cada tormento…, todo por amor de Dios,  todo voluntariamente ofrecido por Él,  todo enriquecido y perfumado por Él.

ES EL VERDADERO TRIUNFO DEL AMOR.

ES LA MÁS GRANDE VICTORIA SOBRE EL DOLOR QUE SE SUBLIMA EN EL AMOR.

 



“TODO POR TI JESÚS MIO, Y EN UNIÓN DE TU SANTÍSIMA PASIÓN”.

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