Continuación de la Primera meditación para Navidad

6 diciembre, 2010

Continuación de la primera meditación:

Desde luego podemos pensar:   si Jesús no se desdeñó de nacer en un pesebre, no se desdeñará

tampoco de nacer en nuestros corazones.

Pero no es eso  sólo,  sino que  El escogió  aquel lugar precisamente por pobre,  por desmantelado.

Si hubiera estado muy arreiglado y provisto de lo necesario,  Jesús  no hubiera nacido allí.

¿Por qué? El lo sabe.  El puede decirnos dónde está el secreto de esa tendencia que Nuestro Señor

tiene a todo pobre.


El gusto de Jesús de nacer en un lugar muy pobre,  muy humilde, muy pequeño, es

para nosotros un consuelo,  porque es una seguridad de que no se   deseñará  denacer

en nuestros corazones.


Por consiguiente debemos pensar   – y es una cosa de mucha importancia-  que  no  son

obstáculo nuestas miserias,   ni nuestra pequeñez,   ni nuestra nada,   para  que  Jesús

nazca en nuestros corazones.

Digámoslo de una ves:   no  sólo  nace  Jesús  en  el  corazón  de  los  santos,  sino que nace también

en  las  almas  imperfectas:    con   tal que  se  purifiquen,   no  hay  obstáculo  para que  Jesús  nazca

en ellas;  lo único que  El quiere  es buena voluntad,  lo cantaron los ángeles cuando nació.


Luego, ¿qué  se  necesita  que  hagamos?   Una   sola  cosa:     querer  tener  buena  voluntad.

Si   queremos,    Jesús  nacerá  en  nuestras  almas.

¿Qué tenemos muchas miserias?   No importa.   El  eligió   para  nacer  un  lugar  de  miserias.

¿Qué tenemos muchas faltas?   No importa; el  lugar  donde  Jesús  nació  estaba  sucio.

¿Qué no  tenemos  virtudes  para  adornar  nuestra  alma?   No  importa.  Escueto y vacío estaba

el  lugar  donde  Jesús  nació…

.

Pero no es esto solamente,  me atrevo a decir más.  Es una idea que he repetido muchas veces,

pero  temo  que  no  se  haya  comprendido.

.

Quiero  decir  que  no   solamente no  son obstáculo  nuestras  miserias  para  que  Jesús

venga a nosotros,    sino que son un motivo especial,  un motivo irresistible para que se

nos  acerque.

Quienquiera  que conozca a fondo el  Corazón de Jesús  sabe el  atractivo que tiene por las

miserias.

¿Por  qué  le  gustan?  tal  vez  no  pueda  explicarlo,  pero  ese  es  su  gusto.

Así  como  acá  en  la  tierra  hay  gustos  raros, que  no  podemos  explicar,  pero que existe;

así también,   no  podríamos  explicar el  gusto  de  Jesús,  pero es un  hecho  que  legustan

las  miserias.

Ya lo vemos,  para   nacer eligió un lugar donde pareciera   haberse   reunido   todas

las miserias humanas:  allí estaba la pobreza,  la incomodidad,  la humillación,  el olvido,

era un lugar despreciable.

¿Quién pensaba en aquella gruta,  en aquella misma noche en que iba a nacer Jesús?… los mismos

pastores, si pasaron por allí dirigirían a la gruta una mirada distraída.   De manera que el olvido,

el  desprecio   con   la   suciedad,  con   la  pobreza,   estaban reunidos en aquel lugar donde eligió

Jesús para nacer.

Y durante toda su vida no ocultó su afición a las miserias humanas.  Vivió en un pueblecillo que

tenía  mala  fama,  porque  cuando  Natanael  le dijeron  que  Jesús,   el  Mesías, era  de  Nazareth,

replicó  con  asombro:    “¿Pues  qué,  de  Nazareth  puede  salir algo bueno?    Pasó   30   años

de   los  33  que duró  su vida  mortal  en la casa   de   un obrero   en   la pobreza,  no   en la miseria,

pero sí en la penuria y en el olvido.

Cuando salió a la vida pública y quiso escoger a sus Apóstoles,  eligió no sabios ni ricos,

sino de los más pobres e ignorantes.  Y luego entre lasa multitudes que le seguían,

Nuestro Señor no disimulaba  su aficción por aquellas personas que tenían más miserias,

¿No comía con los pecadores?…    ¿No   permitió   que  una pecadora pública  estuviera  a

sus  pies   bañara  sus  sagradas plantas con sus lágrimas y las enjugara con su cabellera?…

Y lo que entonces hizo y los gustos que entonces tuvo es natural que los conserve todavía,

pues        El no cambia.

Y esto se ve todos los días.  Tiene una afición  muy especial por las almas más miserables,

se diría    que cuando son mayores las miserias que encuentra en un alma,   su  Corazón

ternísimo  no  puede  resistir y va hacia ellas.

El siempre se acerca a las almas.  pero por las almas más miserables siente un atractivo

especial.  Jesús  viene   a curarnos,    a limpiarnos.    Lejos pues,    de ser obstáculo

nuestras miserias,  son  un  atractivo para  El.   Debemos estar  eternamente  seguros de ello.

Claro está que un lugar miserable como el pesebre se puede transformar.   Estoy seguro

que la Virgen   Santísima  y   San  José  lo  han de haber  transformado,    en      aquella

noche  bendita,    en  cuanto era posible.

Pues  bien,   eso  mismo debemos  hacer     nosotros.   Nos   debemos  dedicar  a  limpiar

más  y  más   nuestro corazón;    pero no nos apuremos,  queriendo que  quede  nuestro

corazón  como  un   palacio;   no,  es un pesebre,  y los pesebres se asean,  pero sólo

hasta cierto punto;   no puede, sin embargo,  quedar como un palacio de mármol.

Así debemos asear nuestro corazón,  poniendo todos nuestros esfuerzos en purificarlo;

pero  lo,      repito,  no nos apuremos,  si queda polvo y basura,  que sea la  menos posible,

aunque no quede     tan puro, tan limpio como lo deseáramos.

¿Cuál fue la verdadera transformación que recibió en aquella noche el portal de Belén?

Fue   una       transformación de amor.

Cierto  que  al  nacer Jesús no encontró riquezas,   ni ninguna de  las  cosas que tanto estiman

los      hombres;   encontró un pobre pesebre,  pero caliente.  Más que el buey en la leyenda

que  dice  estaba  calentando  con  su  baho  el  cuerpo  ternísimo  de  Jesús,   lo  que  lo

calentaba  verdaderamente    era el amor de aquellas almas,   la ternura de  María y de José.


Eso mismo debe encontrar Jesús en nuestros corazones.  También debemos poner fuego

en  ellos,  nuestros  corazones  son el pesebre sucio,  vacío,  humilde,  pero que  esté  caliente.

Lo único  que lo calienta es el amor;    no quiere más,   no  necesita  más..

¡Si  precisamente eso es lo que vino a buscar al mundo,  si  por  amor  eligió lo   más

desagradable!   Calentemos , calentemos  la   morada de nuestros corazones;   amemos  a

más,  lo amemos  mejor;   así nuestro corazón  estará caliente  y  será un lugar  adecuado

para que nazca Jesús.

Yo  no  se   si la Santísima  Virgen  y  San José  hayan  podido perfumar aquel

lugar  (los campesinos  usan  lo  que  llaman  zahumerios,  son  flores  secas y

hierbas  olorosas  que  queman);   pero  el olor  virginal  de  sus  almas debe

haber perfumado  preciosísimamente  aquella   gruta  cuando  Jesús    vino a

la tierra.

Exteriormente  tal  vez  no  se  respiraba  ningún  perfme,  pero  los  sentidos    espirituales  de

Jesús,  por decirlo  así,  deben  haberse deleitado  con  el perfume virginal  de  aquellas almas.

Nosotros  podemos también perfumar ese pesebre de nuestro corazón con un  perfume que  a

Jesús  sea  grato y de l que  sepamos  ciertamente  que  le  agrada;   porque   en eso de

perfumes  hay mucha   diversidades  de  gustos;   a unos les agrada más el perfume de rosas,

a otros el de violeta.

En cuanto a Jesús estoy cierto que le agradan muchos olores,   pero  especialmente  dos:

  • el olor del incienso,    que  es la oración , y
  • el olor de la mirra, que es el sacrificio.

Con esos perfumes podemos perfumar nuestro corazón para que al venir a este

mundo   pequeño    de  nuestra  alma,  pueda  encontrar ahí  los  perfumes  que  le

satisfacen:    incienso  y  mirra,     el olor de la oración y el perfume del

sacrificio.

Embalsamemos  nuestros  corazones  con  esos perfumes,  y Jesús vendrá

a  nacer  en    ellos  muy  complacido.

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Fuente. Luis M. Martines  Arzobispo Primado de México

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